Ainhoa tiene un taller de cerámica en un bajo del barrio: dos tornos, un horno y gente que entra cuando puede. No vende clases sueltas, vende bonos de ocho sesiones. Tú pagas, vienes cuando te cuadra y ella te va tachando.
El sistema era una libreta de cuadros. Y la libreta funcionaba hasta que alguien preguntaba lo de siempre:
—Me quedan tres, ¿no?
—A ver… espera, que lo busco.
Buscarlo significaba pasar páginas hacia atrás con las manos llenas de barro, encontrar el nombre escrito tres veces distintas y sumar palitos. A veces la cuenta de ella y la del alumno no coincidían, y esa conversación no la gana nadie. Otras veces alguien agotaba el bono en enero y seguía viniendo hasta marzo sin que nadie se diera cuenta.
Lo que le pidió a Claw
Se sentó en el portátil del taller entre dos clases y lo escribió tal cual, sin pensarlo mucho:
Quiero una página para llevar los bonos de mi taller. Apunto un nombre y las sesiones que ha pagado. Cuando alguien viene, le quito una y que se guarde la fecha. Que vea rápido quién está a punto de quedarse sin bono. Y que no se borre al cerrar la pestaña.
Lo que apareció
Una lista de nombres, cada uno con un número grande al lado y un botón de restar. Nada más. Al tocar el botón, el número bajaba y la fecha quedaba registrada debajo, en un pequeño historial desplegable por persona.
- Los que bajaban de dos sesiones se marcaban solos, para avisarles antes de que se queden a cero.
- Un botón de +8 para renovar el bono sin tener que teclear nada.
- Un campo para añadir a alguien nuevo en dos segundos, que es lo que dura la paciencia de quien está esperando para empezar.
La segunda vuelta
Lo probó una tarde y volvió con dos peticiones muy de taller: que se pudiera deshacer el último descuento (porque un día le restó a Marisa lo que era de Marisol) y que los bonos agotados bajaran al final de la lista para no estorbar. Lo pidió con esas palabras y la app volvió a salir con las dos cosas dentro.
Por qué esto no podía ser una app de la tienda
Porque lo que hay dentro son sesenta nombres de personas reales y lo que cada una ha pagado. Ainhoa no tiene ninguna gana de que eso viva en el servidor de una empresa que no conoce, ni de pagar una cuota mensual por una lista con un botón de restar.
Aquí no hace falta: el modelo que escribió la app corre dentro del navegador del portátil del taller. No hubo registro, no hubo instalación y los nombres no salieron de ese bajo en ningún momento. El wifi del taller va regular y da igual, porque tampoco lo necesita.
La libreta sigue en el cajón, por si acaso. Hace tres semanas que no la abre.
Si llevas cuentas de algo en una libreta y ya no te fías de ella, abre Elffuss Claw y pídelo con tus palabras: se genera en tu navegador y tus datos no suben a ningún sitio.
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