Nerea está de 38 semanas y media cuando empiezan los primeros pinchazos raros, distintos a los de antes. Llama al centro de salud y la matrona le repite la frase que ya le habían dicho en la última revisión: «cuando las contracciones te duren un minuto, te vengan cada cinco minutos y esto se mantenga durante una hora seguida, vais para el hospital». Fácil de decir a las once de la mañana en la consulta. A las tres de la madrugada, con el sueño cortado y sin saber si lo que sientes es una contracción de verdad o un pinchazo cualquiera, contar minutos de cabeza es casi imposible.
Su pareja se ofreció a bajarse una aplicación de embarazo del móvil, de esas con un icono de fresa o aguacate según la semana. Nerea la había probado en el segundo trimestre y la desinstaló a los dos días: pedía la fecha de la última regla, el peso, el hospital donde iba a dar a luz, y luego mandaba notificaciones para comprarle un pack de pañales de una marca concreta. No le hacía gracia que un dato tan suyo como estoy de parto y estas son mis contracciones viviera en el servidor de una empresa que vive de vender publicidad de bebés.
Lo que pidió, con sus palabras
Necesito un botón que diga empieza y otro que diga termina, grande, que lo vea sin gafas y a oscuras. Que me diga cuánto ha durado cada contracción y cuánto tiempo ha pasado desde la anterior. Y que avise solo cuando lleve una hora entera cumpliendo la regla del cinco-uno-uno, para no estar yo todo el rato haciendo cuentas con dolores.
Lo que apareció
En la pantalla del móvil de su pareja, sin instalar nada, se abrió un cronómetro con dos botones enormes: Empieza en verde y Termina en rojo, pensados para tocarlos casi sin mirar. Debajo, una lista que se iba llenando sola con la hora, la duración de cada contracción y los minutos transcurridos desde la anterior. Cuando detectó cinco contracciones seguidas de más de sesenta segundos con menos de cinco minutos entre ellas, el fondo cambió a un aviso fijo: llevas ya una hora cumpliendo la regla de la matrona.
Pidieron dos ajustes más sobre la marcha, sin salir de la pestaña:
- El número del hospital fijo arriba de todo, para no tener que buscarlo en la agenda con una contracción encima.
- Un resumen final —número de contracciones, duración media, intervalo medio— para enseñárselo tal cual a la matrona al llegar, en vez de intentar recordarlo entre dolor y dolor.
Nada de eso salió del teléfono de Nerea. La sesión entera de contracciones se quedó registrada en el propio navegador, generada al momento por un modelo que corre sobre la GPU de su propio teléfono, sin cuenta ni aviso de privacidad de por medio. Cuando llegaron al hospital cerraron la pestaña sin más. Lo que sí llevaron en la mano fue el resumen con los números exactos, mientras la matrona palpaba la primera contracción real de la noche.
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