Montse hace la compra de los jueves para dos casas: la suya y la de su madre, que vive tres portales más abajo y ya no baja al supermercado. Va una sola vez, con un carro, y al llegar reparte. Lo complicado nunca fue la compra, sino el recorrido y las cuentas.
La lista la escribía como le venía a la cabeza: leche, lejía, dos yogures de los de su madre, pan, otra vez leche porque no se acordaba de haberla puesto. Así terminaba dando tres vueltas a la tienda, de la droguería a la fruta y de la fruta a los congelados. Y en casa, otra media hora separando bolsas, porque su madre le da el dinero y quiere saber qué le ha costado lo suyo, no la mitad de todo.
Le pidió a Claw esto, tal cual, desde el móvil:
«Quiero escribir la lista desordenada, como me salga, pero que luego me la ponga en el orden de mi tienda: fruta, pan, carnicería, pescadería, lácteos, latas y pasta, congelados y la limpieza al final. Y que cada cosa sea mía o de mi madre, y me dé las dos cuentas por separado.»
La app del día: una lista que camina contigo
Lo que apareció, ahí mismo, sin instalar nada:
- Un campo para escribir a saco, una línea por producto, y al lado un botón para marcarlo como mío o de mi madre.
- Una sección por producto, con las ocho que ella dictó en su orden. La lista se recoloca sola y los repetidos se agrupan: la leche aparece una vez, con cantidad 2.
- La vista de tienda: sección debajo de sección, una casilla por producto, lo marcado se tacha y la sección se cierra cuando ya no queda nada dentro.
- Un hueco para teclear el precio al coger cada cosa y, abajo, dos totales que se van moviendo: el de ella y el de su madre.
No hace magia. Los precios los mete ella mirando la etiqueta, y la primera vez tuvo que asignar la sección de cada producto a mano. Pero quedaron guardadas, así que la segunda compra fue escribir la lista y echar a andar.
Por qué mola que se genere ahí
Hay mil apps de listas de la compra y ninguna conoce el orden de los pasillos de su supermercado. Esa es justo la parte que no se descarga: hay que escribirla. Y como el modelo que la escribe corre dentro del navegador, sobre la GPU del propio aparato, no hubo cuenta que crear, ni permisos que aceptar, ni servidor al que esperar. El jueves siguiente la abrió con el móvil sin datos, en la cola de la carnicería, y funcionó igual.
De paso, lo que su madre se gasta cada semana se queda donde tiene que quedarse: en su teléfono. No es un secreto de Estado, pero tampoco es un dato que tenga que viajar a ningún sitio.
Si tienes una manía así, muy tuya y muy concreta, pídesela a Elffuss Claw: se escribe y se ejecuta en tu propio navegador, y lo que apuntes no sube a ninguna parte.
Abrir Claw →