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App del día · 7 de octubre de 2026

«Esto, ¿cuántas raciones son?»: la cuenta de hidratos que Chema montó para el desayuno de Irene

Su hija tiene nueve años y diabetes tipo 1. La tabla del hospital funcionaba; lo que no funcionaba era hacer las cuentas de cabeza a las siete y veinte de la mañana.

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Irene tiene nueve años y desde junio desayuna con una calculadora al lado. Diabetes tipo 1. En el hospital le dieron a Chema, su padre, una tabla de equivalencias en papel: gramos de cada alimento por ración de hidratos, diez gramos la ración. La tabla está bien hecha y es la que manda. El problema son las siete y veinte de la mañana, con el autobús del colegio en diez minutos y Chema sumando de cabeza con el bol de cereales en una mano.

Las primeras semanas tiró de pósits en la nevera: «30 g de cereales, 2,3 raciones», «un kiwi mediano, 1». El apaño aguanta hasta que la niña desayuna otra cosa, o hasta que empieza a merendar los jueves en casa de su abuela.

Lo que pidió, con sus palabras

Quiero una página con mis alimentos y los gramos que son una ración de hidratos, poder meter el peso de lo que va a comer y que me sume las raciones del plato entero. Que redondee a media ración. Y que me deje guardar el ratio de insulina de cada comida para que haga la multiplicación, pero que el número salga como propuesta, no como orden.

Lo que apareció

Una pantalla partida en dos. Arriba, su despensa: los veinte alimentos que entran de verdad en esa casa, cada uno con sus gramos por ración, editables, porque el pan de la panadería de abajo no es el pan de la tabla genérica. Abajo, el plato del momento: eliges alimento, escribes los gramos y el total va subiendo solo. 2,5 raciones. 3. 3,5.

Tres detalles que Chema no había pedido y que se quedaron:

Y una cosa que pidió al segundo día, ya usándola: la báscula de cocina pesa con el bol dentro, así que hacía falta un campo de tara. Lo dijo con esas mismas palabras y lo tuvo en el momento.

Por qué importa que se haya hecho ahí mismo

Dentro de esa pantalla está lo que come una niña de nueve años y cuánta insulina se le pone. No es un dato que apetezca dejar en el servidor de nadie, y mucho menos a cambio de una app gratis con registro, correo de confirmación y una política de privacidad de catorce pantallas. Aquí no hubo nada de eso: el modelo que escribió la app corre dentro del navegador de Chema, y la app acabó viviendo en el mismo sitio. Los pósits de la nevera, pero que suman.

De paso sale gratis lo que suele costar: funciona en el comedor del colegio, donde no hay cobertura, y en el móvil de la abuela los jueves sin instalar nada en un teléfono que ya va justo de espacio. Se abre la página y está.

Chema insiste en una cosa y lleva razón: la app no decide nada. La pauta es del endocrino y la tabla es del hospital. Esto solo hace las cuentas que él hacía a las siete y veinte con una mano en el bol.

Abre Elffuss Claw, cuéntale esa cuenta que haces a mano todos los días y tendrás tu propia app funcionando en el navegador, sin instalar nada y sin que tus datos salgan del dispositivo.

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