Vicente está jubilado y hace de voluntario en la casa de cultura de su pueblo, en la sierra de Jaén. Le toca la mesa de la entrada los jueves y los sábados. Este mes han colgado ciento veinte fotos antiguas del pueblo, de las de comunión en blanco y negro, y la sala se ha convertido en un ir y venir: la gente entra, reconoce a su tío en una foto, sale al pasillo a buscar a su hermana para que lo vea, y vuelve a entrar.
La sala tiene aforo para 55 personas y una sola puerta, que es la de Vicente. Su sistema era un folio con palotes. A media tarde el folio llevaba tachones, ya no sabía si había restado a los que se iban, y a fin de mes tenía que darle al ayuntamiento un número de visitantes que era, siendo honestos, una estimación hecha con cariño.
El problema de más: la tablet de la mesa de entrada es del centro y él no tiene permisos para instalar nada. Lo que sí tiene, como todo el mundo, es un navegador.
Lo que pidió, con sus palabras
«Quiero un contador para la puerta. Dos botones bien grandes, uno de entra y otro de sale, que los vea sin ponerme las gafas. El número de los que hay dentro, gordo y en el centro. Que me avise antes de llegar a 55. Un botón de quitar uno, porque me equivoco. Y cuando cierre, que me diga cuánta gente ha pasado hoy en total, no cuántos quedan dentro.»
Lo que apareció
Una sola pantalla, sin menús:
- ENTRA y SALE, un botón en cada mitad de la pantalla, imposibles de fallar de pie.
- El número de personas dentro en grande, con el aforo debajo: 23 de 55.
- Aviso cuando quedan cinco plazas y la pantalla en rojo al llegar al tope.
- Deshacer, para el toque de más.
- Un contador aparte de visitas de hoy, que solo sube, y un botón de cerrar el día que guarda fecha y total en una lista. Eso es lo que copia al informe del ayuntamiento.
Le pidió dos cambios más —botones todavía más grandes y que el recuento no se perdiera si la tablet se refrescaba sola— y los tuvo sin salir de la página.
Por qué tiene gracia que se genere ahí mismo
Vicente no instaló nada en un aparato que no es suyo, no creó ninguna cuenta y no tuvo que pedirle permiso a nadie para probar. La app la escribió un modelo que corre dentro del propio navegador, así que el recuento de quién pasa por una sala municipal se queda en la tablet de la entrada y no viaja a ningún servidor de nadie. Y el wifi de la casa de cultura va y viene: una vez abierta la página, al contador eso le da exactamente igual.
Una herramienta que existe para una exposición de un mes, en un pueblo, y que no necesita que nadie la mantenga. Cuando la exposición se descuelgue, el contador seguirá ahí por si vuelve a hacer falta.
Si tienes tu propio folio con palotes, abre Elffuss Claw y pídelo con tus palabras: se genera en tu navegador y lo que apuntes no sube a ningún sitio.
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