El bar de Isma cierra los domingos a las cuatro y entonces empieza lo otro: vaciar el bote de las propinas en la mesa del fondo, hacer montoncitos y repartir. Son cinco: él, dos camareras, un chaval de barra que entra solo los fines de semana y Fátima, que está en la cocina y que, por acuerdo de todos, cobra media parte porque no atiende mesas.
Durante años lo hicieron a partes iguales, y durante años hubo caras. La semana en que alguien se pone enfermo y otro se come dos turnos, o el sábado de las fiestas en que se quedaron hasta las seis, el reparto a ojo escuece. No era desconfianza: era que nadie tenía ganas de ser el que decide.
«Quiero meter las horas que ha hecho cada uno esta semana y lo que hay en el bote, y que me diga cuánto le toca. La cocina cuenta la mitad. Y que los números salgan en monedas de verdad, porque yo no tengo céntimos sueltos para cuadrar.»
Lo que apareció
Una pantalla con los cinco nombres, una casilla de horas al lado de cada uno y un interruptor de parte entera / media parte. Arriba, el total del bote. Debajo, lo que le toca a cada cual. Y luego la parte que de verdad le importaba:
- Reparte proporcional a las horas, con la media parte ya aplicada.
- Redondea a múltiplos de cinco céntimos, para que todo se pueda pagar con las monedas que hay encima de la mesa.
- Lo que sobra del redondeo no se evapora: lo deja a la vista como «queda en el bote» y la semana siguiente arranca con ese saldo.
- Un botón que copia el resumen en texto plano para pegarlo en el grupo del turno.
- Los nombres se quedan puestos: el domingo siguiente solo hay que escribir horas y total.
La primera semana la cuadró también a mano, por desconfianza sana. Salía lo mismo, menos quince céntimos que antes se quedaban por el camino sin que nadie supiera dónde.
Por qué le gustó que se hiciera ahí mismo
Las horas de cada uno y lo que se lleva del bote son de esas cosas que no salen del turno. Isma no tuvo que abrir cuenta en ningún sitio, ni aceptar unas condiciones, ni plantearse en qué servidor acaban las propinas de cinco personas de un bar de barrio. La app se generó dentro de su navegador y se queda ahí: funciona en la trastienda, donde la cobertura es más una esperanza que un hecho.
Y si en enero deciden que la cocina pasa a parte entera, no hay que escribirle a nadie para que lo cambie. Se lo vuelve a pedir y aparece otra.
Si tienes un reparto que cada semana te cuesta una discusión, pídeselo a Elffuss Claw: la app se genera y funciona dentro de tu navegador, sin subir ni un número a ningún sitio.
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