El rastrillo solidario del colegio de Lourdes se monta un domingo al año en el patio. Las familias donan libros, juguetes y ropa de niño, y lo que se saca va para la biblioteca del centro. Lourdes lleva siempre la mesa de libros, que es la que más se mueve: cuentos a 50 céntimos, novelas a un euro, lotes de cómics a dos y alguna enciclopedia a cinco que nadie quiere pero que alguien acaba llevándose.
Hasta ahora todo iba en una lata de galletas y una libreta. El problema llega a mediodía, cuando hay cola, tres críos le enseñan cromos a la vez y una madre le da un billete de veinte por cuatro cuentos y una novela. El año pasado, al cerrar, la libreta y la lata no coincidían ni de lejos, y nadie sabía en qué momento se había descuadrado.
Lo que pidió
El sábado por la noche abrió Claw en la tablet vieja del AMPA y escribió esto:
Quiero una caja para un mercadillo. Botones grandes con los precios que usamos: 50 céntimos, 1, 2 y 5 euros. Que vaya sumando lo que se lleva cada persona, que me diga cuánto tengo que devolver si me paga con un billete y que al final me diga cuánto he vendido y de cada precio.
Lo que apareció
En un momento tenía delante una app de una sola pantalla, pensada para usarla con el dedo:
- Cuatro botones grandes con los precios. Cada toque suma una línea al ticket de la venta en curso, y hay un botón de deshacer la última para cuando se le va el dedo.
- Una casilla de «me paga con» y accesos rápidos de 5, 10, 20 y 50 euros. El cambio sale en letra enorme, para leerlo de un vistazo con la cola delante.
- Un botón de cobrar que cierra la venta y la apunta en el registro del día.
- Un resumen con el número de ventas, el total y cuántos artículos ha vendido de cada precio.
Después le pidió dos cambios con sus palabras: «añade un precio libre, que siempre hay alguien que regatea» y «déjame poner el fondo de caja, que empiezo con 40 euros en monedas». Claw rehízo la app con las dos cosas, y el resumen pasó a enseñar también lo que debería haber en la lata: el fondo más lo vendido. Antes de acostarse metió un par de ventas inventadas y comprobó el cambio a mano. Es lo que haría cualquiera con una herramienta nueva, la haya hecho una persona o un modelo.
Por qué le vino bien que fuera así
El wifi del cole no llega al patio, y la tablet del AMPA no es de nadie en concreto. No quería instalar una app de punto de venta, crear una cuenta ni darle a una empresa el dato de cuánto recauda un colegio en su mercadillo, todo para una herramienta que iba a usar un día. Claw genera la app y la ejecuta dentro del propio navegador, con el modelo funcionando en el dispositivo. Por eso el domingo funcionó sin conexión, y las ventas no salieron de la tablet.
Al cerrar, la lata y el resumen se llevaban euro y medio. Lourdes da por hecho que se le escapó algún cuento sin cobrar entre tanto crío, y con eso puede vivir. Lo que no tiene es la sensación del año pasado de no saber ni por dónde empezar a buscar.
Si tú también tienes un mercadillo, una rifa o una mesa de cobro a la vista, abre Elffuss Claw y pídele tu caja con tus palabras: se genera y funciona en tu navegador, sin instalar nada y sin subir ningún dato.
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